Los azares del nalgoncito. (1)

28 kilos en cada lado de la barra. No levantarla y hacer la rutina que le habían pedido era un temor que se había disipado hace mucho tiempo. Juan era, a sus 17 años, un tipo musculoso y fuerte, el diámetro de su cuello era superior al de un barril de cerveza y su espalda era más ancha que la loza que cargó el pípila para quemar la puerta de la alhóndiga de Granaditas, darle a México libertad y, a Guanajuato, un escenario para conciertos al aire libre. Sus brazos eran casi del mismo tamaño que cuatro brazos de sujetos normales. Y el tamaño de sus pechos alcanzaba para rellenar una copa doble D y aún sobraba algo de carne que le podía dar un toque a la moda imperio si alguna vez necesitaba usar un vestido escotado. Tenía el costillar intacto y, a pesar de eso, una cintura diminuta, lo que sólo era el punto de inicio de cosas chiquitas conforme se avanzaba al suelo; pero recuerden que más cerca del piso mayor es el frío.

En cualquiera de los casos, y pequeñeces aparte, al verlo infundía la misma impresión que tuvo Canito, en esa época en la que quería ser torero, cuando un toro que fue a ver a los corrales se levantó frente a él y se dio cuenta que, cornamenta aparte, el animal le sacaba 48 centímetros de altura, lo que calculó con exactitud en su casa cuando repasaba los detalles de ese encuentro y que dieron la estocada a su sueño de plazas y trajes de luces, y vino y mujeres y viajes y orejas. En fin, Juan sabía que su aspecto generaba cierto respeto entre la comunidad, era el toro que mandó a la calle a Canito. Así que se esforzaba por mantenerlo y no hablar.

Es en serio, procuraba no hablar. La historia cliché de un niño que se comió un silbato y se le atoró en la garganta no fue un invento de alguien sin qué hacer, recogía la historia de Juan. Pero, claro, esas historias populares están lejos de la verdad científica: Una colonoscopía realizada a temprana edad, pero la suficiente para saberse invadido por placeres ajenos al placer mismo, desveló que había un nervio pegado al intestino, una retícula sensorial que no debía estar ahí y que, por alguna extraña razón,  a lo que los médicos sólo dijeron “debe ser hereditario de parte del padre” porque nadie sabía quién era el padre, ni la razón por la que eso estaba ahí, tensaba dos cuerdas vocales que determinaban ese tono de mezzosoprano desafinado o castrati con testículos, pero bien apachurrados.

Ese cuerpo lo había hecho entre las mujeres, el centro de comentarios. Lo veían y comenzaban a cuchichear. Él no sabía si para bien o para mal. Pero se sabía visto. Y eso generó en él una seguridad tal que fue capaz de acercarse a María Guadalupe y hablarle. Ella, por supuesto, tenía la voz más gruesa, lo que hizo válido cuando le pidió que fuera su novio. Lupita no era ajena al escarceo propio de las andaduras de galán de cualquier hombre. Así que le pareció buena idea andar con un sujeto que, a pesar de su voz, podría brindarle protección. Lo demás se arreglaba de manera sencilla: Ella tendría la primera, la última y también la palabra de en medio.

Juan era feliz con María Guadalupe, tan feliz que se sentía más musculoso de lo que estaba, a veces pensaba que podía tratarse de la ropa una talla más chica que compraba, pero siempre terminaba convenciéndose de que era él quien estaba creciendo. Era un hombre realizado. Fuerte, amado, respetado. Nada de eso le engrosaba la voz, pero ya no importaba.

Rebelión

Te escribo para exorcizar
de mis manos las ganas de verte
y me arranco los ojos para comprobar
que es cierto, a ciegas no se siente.
Aunque en esos cuencos sembraste
la claridad del silencio,
alimento prístino
para las palabras que se agolpan en mis dedos,
todas se pronuncian igual:
Te deseo.
En el punto exacto donde se deshoja una orilla
entendí que hay un orden preconcebido:
Aún no puedo nombrarte.
Escribiré entonces Amor.
Esa es mi resistencia,
la forma de rebelarme
a la imposibilidad de ponerte nombre:
Amor.

He vuelto la mirada…

He vuelto la mirada al espacio,
sé que ahí se gesta el fango
con el cual moldearnos.

Hay un dios sin aspiraciones omniscientes,
ni omnipresencia, ni hegemonía.
Observa el relámpago cuyo origen
está en el pestañeo de la supernova.

Entiende que el aire quedará preñado
con polvo de estrellas
y no habrá ya plegarias por construir
en templos etéreos.

Olerá a sándalo,
porque en la hora tibia de las crías
sólo restará la salmodia olvidada,
un eco lejano de la deidad desahuciada.

Iras y derrotas

La actitud del oficinista mal vestido le molestaba, concluyó, porque era la misma que había visto en los hombres con quienes creció. Y clarito se dio cuenta cómo ese comportamiento era sólo una demostración primitiva que aquel individuo hacía para establecer las bases del dominio, de su entenderse hombre. En aquella cabeza operaba la sinapsis que le llevaba a concluir que las mujeres necesitan quien les ordene la vida, las cuide y provea. Por lo tanto, esa misma conexión neuronal sólo podía decirle que actuara como un idiota.

Sin proponérselo, todo aquello que pensaba desató las traiciones de la memoria y sintió ese escozor que produce la ira cuando sube lentamente por los brazos hasta el punto en el que tienes que ser racional y decidir, en un instante casi imperceptible, si das el golpe o te lo guardas. A él le gustaba aquella chica, Natalia tenía catorce años, los mismos que él, era una mujer de ojos aguamarina, cabello rubio y largo, que sonreía con la misma facilidad con la que se respira. La amaba en silencio y en secreto, por su sonrisa y porque decidía ir con él en las caminatas que el grupo de amigos emprendía por el paseo del río. Siempre se colgaba de su brazo y había aprendido que debía llevar una chamarra, que al final a veces hacía frío, donde guardar las manos y disponer un hueco, del cual ella pudiera asirse y caminar riendo de la vida y, a veces, de la preocupación que les provocaba no entender cómo despejar las variables en el álgebra. No sabía si él le gustaba, se sentía enano, jorobado, a veces manco y otras veces cojo, pero al menos sabía que siempre lo escogía y se preocupaba por él. Si no le gustaba, por lo menos, le inspiraba algún tipo de ternura, de esa que lleva a las mujeres a proteger a sus hombres.

Aunque en ese grupo, lo que faltaban eran hombres y amigos. Un día, reunidos como solían hacerlo, llegó uno de ellos a presumir el olor en sus manos. Era ese olor dulzón y particular de la humedad de una mujer. Aquello fue una celebración, una mujer, que para eso son las mujeres, había pasado por las manos y el pene de aquel sujeto. Ese individuo lo vio a los ojos y con la actitud de ser el macho dominante de la tribu, le escupió en la cara: Es de Natalia. Ese momento sirvió para que, después, concluyera que la virginidad, la identidad de los sujetos y la cantidad de los mismos que hubiesen pasado por el cuerpo de cualquier mujer no era algo que debía impedirle quererla, si quererla era preciso. Buscó a Natalia esa misma tarde. La llamó por la noche. Volvió a buscarla por la mañana y Natalia no pudo, o no supo cómo, o no quiso volver a hablar con él. Zalez sólo mantenía el recuerdo del ocaso brillando en aquellos ojos, la tibieza de su cuerpo caminando junto al suyo y la felicidad que le inundaba las entrañas cuando la veía sonreír y se sabía parte de esa sonrisa.

Se guardó el golpe, no había nada o alguien para golpear. Y también guardó a Natalia, seguro estaría lista para aparecer cuando la necesidad de añorar un amor limpio se hiciera presente y aquella mirada volviera a sonreírle desde el fondo de su inconsciente. Cuando una esperanza requiriera hacerse espacio en las horas de algunos días; en el hueco, a veces tan grande, de su soledad.

La médica se había marchado y el oficinista tenía el gesto abrupto de la derrota que vaciaba lentamente entre los rastros que la leche había dejado en la taza de su latte.

Mortadelas y mariconadas

Vio pasar por su vida a todo tipo de personas. Claro, pensar eso no le resultaba particularmente brillante. De hecho, era tonto, se decía a sí mismo, mientras acercaba, con cierto temor a quemarse los labios, la taza de café. La vida es eso: ver pasar personas. Al final son un puñado con quienes uno decide quedarse y, a veces, ni siquiera lo decides, por alguna razón se quedan o se van. Se instalan en tu vida con la parsimonia de un gato que ha encontrado el lugar preciso para echarse, o desaparecen, con el mismo sigilo del guepardo cuando acecha al antílope, si bien va. O con el escándalo de las hienas cuando destrozan vivo al búfalo. En cualquiera de los casos no pasa desapercibido, aunque nos demos cuenta tarde.

Sabía que los humanos somos animales que imitamos o llevamos la contraria. No puede tomar partido por la bondad o maldad de cada decisión, pero al perder la mirada en el ruido del taconeo que hace una chica al pasar, decide que juzgarlo no es justo. Recordó a aquel chamaco en el jardín de niños, andaba por su, aún escasa, vida sin límites, hasta que se rebanó una nalga al echarse de una resbaladilla cuya única y verdadera función era rebanar nalgas. Estaba prohibido usarla, todos sus recuerdos parecían indicar que también estaba prohibido arreglarla. Entre prohibiciones y ausencia de “hasta aquí, no más”, la tentación provocó que aquel día hubiera mucha sangre, gritos de dolor, lágrimas de susto y desamparo, un montón de chavales compadeciendo al compañero caído y también, se dijo, hoy debe haber una cicatriz espantosa que seguramente prohíbe tener cualquier espejo de cuerpo completo. Así que prohibir a veces no está mal, aquel chamaco no previó que su nalga podría quedar como un pedazo de mortadela mal cortado, podría tener un espejo de cuerpo completo y vayan ustedes a saber qué se puede hacer con ese artículo que, a veces, piensa con perversidad, puede tener distintos fines al de ver cómo queda el outfit. En ocasiones concluye, divertido, es preciso pensar dos veces las razones que sustentan lo prohibido.

Las risas de una pareja que estaba justo enfrente de su mesa le llamaron la atención. Los observó un momento, el necesario para crearse una idea de ellos y el suficiente para no incomodarlos. Eso es algo que hay que aprender, cuál es el tiempo preciso para mirar a la gente. Ella iba vestida de blanco, seguramente era residente en alguno de los hospitales de la zona. De tez morena clara, con ojos oscuros y profundos, sonrisa plena y el cabello corto, a la altura del cuello, una melena lacia que caía con tanto peso que parecía que cada cabello tenía un pesa diminuta e invisible en la punta. Era guapa, concluyó. Él, un oficinista, quizá jefe de área del departamento contable del hospital donde ella trabaja. Vestía un traje gris prefabricado, de un casimir de dudosa calidad, tal vez es poliéster, pensó, pero no se atrevió a asegurarlo, había aprendido que las telas hay que sentirlas en los dedos para comprobar su calidad, pero con ese traje ya tenía dudas sobre la conveniencia de salir con alguien como él. Camisa morada y corbata a rayas, esa sí, sin dudar, decidió que era poliéster, completaban el cromo unos zapatos negros sin bolear y calcetines de rayas azules. No era feo, pero tampoco era guapo. Un tipo que puede pasar por la calle sin que nadie se detenga a verlo. Se desenvolvía como lo que era, un sujeto con cierta cuota de poder, suficiente para sentirse el amo del universo. Se le notaba en la manera de sentarse, sin elegancia, con la conciencia de saber que nadie puede decirle nada porque él dicta las reglas. Chascó los dedos para llamar a la mesera.

– ¿Ya están listos para ordenar? Preguntó con la amabilidad ensayada para el caso.

Él, con la mirada clavada en su acompañante, dijo:

– Yo, ya. No sé ella.

Había un tono imperativo y un dejo de sarcasmo malparido, de esos que incomodan.

La morena guapa, contrariada, apuró una decisión.

– Un café americano. Indicó con cierta prisa y pudor.

– Para mí, dijo él, un latte.

“Un latte”, se río para sus adentros cuando recordó la conversación que había tenido con Antonio, su amigo pintor y de vida ermitaña que no entendía de mujeres, pero que tenía muy claro qué debían hacer los hombres:

– Mira, Zalez, los hombres deben tomar el café solo. Y cargado de preferencia. Esas mariconadas de capuchino, latte, frappé, son para presumir que puedes pagar una bebida y decirle a todo el mundo que, además, eres un estúpido, porque si eres capaz de echar a perder con espumita, figuritas, canela en polvo y crema batida un café, ten por seguro que no enfrentarás con hombría la vida, necesitarás florituras para ocultar que no tienes ni puta idea de lo que significa vivir. Es como comprar un whisky de malta de 30 años para emborracharse, a ver si me entiendes. Puras gilipolleces.

Remataba así cuando su vena peninsular se asomaba, aunque él se esforzaba tanto en ocultar.

“Vaya mariconada”. Se dijo a sí mismo mientras regresaba la mirada a ningún sitio.

Oler a hogar

El otro día en la entrada sobre el amor les decía que me encantaría tener a alguien valiente, en referencia a un artículo al que los enviaba: alguien que diga “me la juego contigo”. Bien, estoy viendo Californication. Una serie gringa sobre un escritor y sus intentos de salvarse a sí mismo de la autodestrucción. En un capítulo, que va al pasado del personaje, le escribió esto, que a continuación transcribo, a quien sería su pareja. Una forma de decir, “me la juego contigo”:

Si estás leyendo esto es porque tuve el valor para enviártelo. Bien por mí. No me conoces muy bien, pero si comienzas a hacerlo te darás cuenta que tiendo a insistir en lo difícil que es escribir para mí. Bueno, esto es lo más difícil que he tenido que escribir.

No hay una forma fácil de decirlo, así que sólo lo diré: Conocí a alguien. Fue sin querer. No la buscaba. No estaba en los planes. Fue una tormenta perfecta: me dijo algo, le respondí. Lo siguiente que entendí es que quería pasar el resto de mi vida en medio de esa conversación. Ahora tengo esta sensación en mis entrañas: es Ella. Está muy loca y me hace reír tanto, con todo lo que eso significa. Ella eres tú. Esa es la buena noticia.

La mala es que no sé cómo estar contigo ahora y eso me asusta. Porque si no decido estar contigo ahora tengo la sensación de que nos perderemos por ahí. Es un mundo grande y malo, lleno de giros y vueltas. La gente parpadea y se pierde el momento. El momento que pudo cambiarlo todo. No sé qué sucederá con nosotros. Y no puedo decirte por qué deberías confiar en mí. Pero sé que hueles tan bien, que hueles a hogar.

2016. La música

El año que recién terminó fue tan bueno en términos musicales. Muchos descubrimientos, muchos reencuentros, un montón de sabores agradables y cosas maravillosas.

Siempre he creído que la ópera es la máxima expresión del arte, involucra todo, coreografía, música, canto, artes plásticas, diseño arquitectónico. Y, como buen romántico que soy, me fascinan las del siglo xix, aquellas que hablan del amor y siempre, o casi siempre, terminan en tragedia y esas arias llenas de dolor son tan hermosas. Es tonto que guste algo que puede partir el alma en dos, pero cómo hace sentir vivo. ¿Ven? El puritito oxímoron. Este año hubo mucha ópera. Comenzó con un ejercicio bien bonito e interesante “Ópera picnic” y ahí fui con alguien a quien recién había conocido y la pasamos tan bien… bueno, la pasé tan bien, sabe si ella también. Ópera, césped, vino, pan, queso, una tarde-noche espléndida. Luego, le había prometido a @fabs_af que la invitaría a su primera ópera y ahí fuimos a La Cenicienta. Era mi regreso a un espectáculo así después de muchos, muchos años, y cómo lo disfruté. Me perdí, por berrinches, Lucía de L’ammermoor con la hermosa María José Moreno y cuando me contaron lo que hizo en la escena cuando se vuelve loca, hice más berrinche. Finalmente, terminé con @fabs_af en Madama Butterfly que no estuvo mal pero pudo ser mucho, muchísimo mejor, no siempre se puede tener todo en esta vida.

Mi reencuentro con la música sinfónica en vivo ya había comenzado en 2014 cuando escuché Titán, la sinfonía número 1 de Mahler que conozco como la palma de mi mano y si me encantaba la versión de Bernstein con la Filarmónica de Nueva York, la de Beltrán-Zavala, con la Sinfónica de la Universidad de Guanajuato, me dejó con las lágrimas en los ojos y todas las emociones a flor de piel. Fue tan bella. Me perdí el Réquiem de Mozart, lo que lamenté mucho. Pero no el Concierto para Orquesta de Bártok y sobre todo pude escuchar la potencia del coro del Teatro del Bicentenario y empalagarme con el ir y venir de los contrabajos en la 9a de Beethoven. Este año debería haber más, mucha más música sinfónica en mi vida.

Como en 2015, amo Spotify, no me explicaría a mí mismo hoy sin ese servicio. Netflix me gusta, pero si hay uno que agradezco poder pagarlo y pagarlo es el de la música. Comencé con la sorpresa de Junk de M83, Atlantique sud me parte el alma, es la estructura de la canción y un verso: “attends moi dans le noir”. @fabs_af me presentó a Regina Spektor, no la conocía, perdónenme la vida y ¡oh, wow! Cómo lloré con How y como me gusta su versión de Real Love. Me divertí creando una playlist: “Hipertextual”, en la que agregué las canciones que recomendaron en ese blog, semana tras semana, durante varios meses, era una buena manera de escuchar la música que sonaba hoy y dejar de lado el rock clásico y los covers. Los Dúo de Juan Gabriel fue un disco que disfruté tanto, nuevas versiones musicales, incluso letras revisadas, ese disco es una joya. Durante muchos meses compartí con alguien un montón de canciones, me gustaba hacerlo y que lo hiciera, un día solamente dejó de hacerlo. La última que puso en mi buzón fue Brillas.

Un buen año, sin duda, un buen año.