De la Serie Sólo es Posible con la Palabra (V)

Tu sonrisa es un paréntesis
construido, a cada paso,
con los escombros
que restan del apocalipsis
de lo cotidiano.

Anuncios

El 4o Piso

Cuando llegué al segundo piso algunos me dijeron que ni valía tanto la pena, que el verdadero cambio se sentía a los 25. En mi caso tuvieron razón, no vi “el cambio” en los primeros 20. Luego llegué al tercer piso y el cambio fue radical. En mi vida los 30 marcaron la diferencia: Terminé el doctorado; cooperé para que un hermoso crío ande sorprendiéndose con el mundo y robándose las sonrisas de quienes estamos cerca de él; como dictan los cánones de la modernidad, me divorcié; conseguí el trabajo para el cual me preparé e ingresé al Sistema Nacional de Investigadores, para lo que también me preparé; dejé de fumar; doy por perdidos amigos, gané nuevos y recuperé algunos de quienes, sin habernos ido, nos fuimos. Gané, por mí mismo, y gracias a la terapia, muchísima claridad. Y con la certeza de conocerme mejor que nadie, puedo decir que he definido quien soy y lo que quiero de la vida para mi vida.

 

Llego al cuarto piso con el cuestionamiento existencial, y cliché, de si he correspondido con lo que vivir me ha dado. No lo sé. Pero ahora hago lo necesario para tener el tiempo suficiente para retribuir. Aunque en ese punto en particular, nada está asegurado.

 

En fin, que esta semana cumplo 40 y para esta década me deseo lo único que hace falta para sentirme completo:

 

Un espacio creado por el entrelazamiento de nuestros dedos, un sitio donde podamos sonreír y permanecer seguros aunque el mundo se haga añicos a sí mismo: Un hogar.

 

Uno de estos días cantemos “let’s dance” y luego “quiero bailar un slow with you tonight“.

Criar cansa, mucho.

Sé que, de entrada, ya es muy raro que un hombre venga a hablar de tener o no hijos. Pero he leído por aquí y por allá varias discusiones sobre lo que implica. Así que vengo de metiche porque ése es mi segundo nombre. Contaré mi versión, habrá que preguntarle a la mamá de mi crío la suya.

Cuando mencionaban la posibilidad de tener un hijo, luego de que nos casamos, porque casarse es igual a procrear, ya saben. Algo me daba, una especie de ataque de ansiedad y pensaba para mí: No estoy listo. Nos veía sobreviviendo con nuestras becas de doctorado. Sabía que se terminarían y pensar en un hijo en esas condiciones, que demanda mucho dinero, me hacía pensar en que no era el momento. Y postergamos durante años la posibilidad de un embarazo. No era ni tema. He leído que a las mujeres les llega un momento en el que ser madres es un deseo que les invade el cuerpo. No sé si sea cierto, siempre me ha parecido medio sangrón decir eso. Pero sí les puedo decir que un día me dijeron, luego de varias indirectas: “El próximo año voy a tener un hijo, con tu participación o sin ella”. Así que el camino sólo abría dos posibilidades, embarazarnos o separarnos. Luego de varias pláticas al respecto decidimos tomar el camino de la reproducción de nuestros genes. Camilo fue el niño más planeado del mundo-mundial. A partir de la decisión vinieron un conjunto de citas ginecológicas para poner al día la salud de quien era mi pareja. Exámenes diversos a los dos. Más a ella que a mí. Y un conjunto de medicamentos para “preparar” el útero. Finalmente, luego de meses nos dijeron: “Dejen de cuidarse”. Y pegó. Un par de meses después ya estábamos embarazados.

Eso que al principio no era más que un pedazo de carne sin chiste al que le latía rápidamente el corazón se convirtió en un hermoso crío. Pero no sabíamos el resto de la historia. Un día, antes de que naciera, ella me dijo: “Me tomaré un año sabático de la tesis y el trabajo para dedicarme a mi bebé”. No lo vi mal. Yo la suplía en su chamba. Podía trabajar en mi tesis por la tarde y ya, cuando estuviera Camilo con nosotros, me las arreglaría para convivir con ellos. No me opuse y en esa dinámica estuvimos tres meses, hasta que me dijo: “Ya estoy aburrida. El próximo mes regreso a trabajar y te toca quedarte con él por la mañana y a mí en la tarde para que trabajes la tesis.” Me pareció un buen plan. Luego, ella aceptó participar en un proyecto que le demandó unos días primero, luego todos, un montón de tiempo. Y de quedarme con mi crío por las mañanas pasé a estar todo el día con él. Y, ¿saben algo? Terminaba muy cansado, harto, fastidiado.

Camilo fue un bebé muy tranquilo, despertaba cada tres horas, comía y se dormía. En la noche tres horas se hicieron cuatro, luego seis y aquello era el cielo hasta que un día se transformó en el infierno: Apareció el maldito reflujo y lo que parecía miel sobre hojuelas hizo que las noches fueran la premonición del apocalipsis. No dormir por el temor a que el crío se ahogara. La verdad es que el sueño nos vencía, pero siempre despertábamos con el temor de que nuestro bebé ya no respirara. Era horrible.

Me frustraba saber que tenía fechas límites en mis entregas y no avanzar. Sentarme en la computadora y, apenas prenderla, Camilo ya estaba despierto demandando atención. Trabajar con él en los brazos era posible, pero es un acto de malabarismo y fuerza extraordinarios. Lo ponía en el rebozo y trataba de escribir algo, fallo. Terminé por entender que no era posible y me di por vencido.

Antes de que entrara a maternal mi vida era esta: Despertar y preparar el desayuno mientras la mamá de Camilo se alistaba para salir. Él seguía dormido. Preparar el biberón para cuando despertara, lo que podía suceder en cualquier momento. Desayunar. Tender cama. Recoger un poco. Cambiar pañal. Esperar a que dieran las once de la mañana para que se quedara dormido y poder correr a la ducha por un baño rápido porque ¡estaba sin vigilancia! Cada regaderazo era un martirio porque podía llegar el reflujo y no habría nadie que lo ayudara a respirar, era espantoso.

Me gusta cocinar, así que disfruto mucho de comprar las cosas diariamente y de productos frescos. Luego de la ducha y de que él despertara, salíamos al mercado o al súper para comprar lo necesario para hacer la comida. Prepararla en lo que él hacía siesta de una a tres, más o menos. En este punto ya había cambiado varias veces el pañal. En lo que preparaba la comida, una carga de ropa a la lavadora. Comíamos. Nos íbamos a la cama a jugar, leer, platicar, llorar, escuchar música, doblar la ropa. Meter la carga de los pañales sucios. Si la mamá de Camilo llegaba temprano, alistar el baño. Si no, también. Hasta aquí varios biberones ya habían sido devorados. Dormirlo. Lavar los trastes, biberones, cenar.  En ese punto, ya estaba muerto, fastidiado, aburrido, y preguntándome a qué maldita hora dije que sí quería un hijo.

Cuando lo metimos a maternal la dinámica cambió un poco: Despertaba, preparaba el lunch que se llevaría la mamá de Camilo en lo que ellos se alistaban y el desayuno de él. Luego de que se iban me sentaba a desayunar, tendía las camas, recogía, me duchaba y llegaba la hora de ir por él. Salía de casa, iba a la escuela, regresaba con él. Pasábamos a la recaudería por lo que hiciera falta para la comida. Él llegaba a dormir, así que aprovechaba para cocinar. Comíamos y luego a jugar. No entiendo cómo, pero la maldita lavadora no paraba nunca, desde que llegó Camilo siempre había una carga de ropa que lavar. Llegada la hora, preparaba de cenar, lo bañaba y a dormir. En ese punto, no tenía ganas de tesis, ni de nada. Estaba muerto, fastidiado, aburrido y preguntándome a qué maldita hora dije que sí quería un hijo.

Así que no soy ajeno al trabajo que tiene la mamá de mi crío ahora que nos hemos divorciado y que ella tiene la carga de la crianza en el día a día. Este no es el espacio para decir un montón de cosas que podríamos hacer distinto, sólo sé que no es sencillo y sé lo que implica. Sí reconozco su trabajo.

¿Me arrepiento de haber tenido un hijo? No. ¿Tenerlo es la cosa más bonita del mundo? Sí. ¿Lo volvería a hacer? Definitivamente sí. Pero una cosa es ese conjunto de monosílabos y otra la idea que nos venden en las revistas para mamás que hablan sobre los críos. No se mantiene una piel lozana, ni unos ojos brillantes y descansados. No es relajante. No hay oportunidad de arreglarse. Tener un hijo no es la cosa romántica que nos han vendido que es. Es cansado, se sacrifica la individualidad por un pedazo de carne que no es, simplemente no puede ser, independiente y está completamente en ti mantenerlo con vida, feliz y sano. Si estás consciente de eso y dispuesto a recibir cariños, abrazos, besos, sonrisas, “papi”, “mami”, “te amo”, mil y una ocurrencias, cuatro mil explicaciones sobre el mundo que jamás se te habrían ocurrido y trescientos millones de preguntas que esperan más que un “no lo sé” o un “así es”, dale. Sí vale la pena.