Sé…

Sé que has llegado para irte,
como los pétalos abiertos de la primavera,
igual que los suelos fermentados
por la roza, tumba y quema.

Tatuaré con los sonidos
que dan forma a tu nombre,
las líneas azules del eco de la noche
que inunda nuestros cuerpos.

En ese punto veremos el camino
del silencio sobre la superficie del agua,
ondas creadas por el polvo de luz
que se disipa de nuestras manos.

He aprendido que sólo puedo asirme a ti
en nuestro reflejo,
y concluyo que la fe se edifica
con los escombros de dios.

En nuestros labios resta lo lateral y subversivo,
un túnel, un refugio, la meca del desamparo,
el sitio donde la oscuridad pierde su sombra
y la esperanza es un estado de coma.

¿Ser invisible?

Unos días atrás viajé a la Ciudad de México. Luego de llegar hice lo de siempre: encaminarme al metro. Había alto para los peatones en la calle de los taxis, me detuve y la blusa de una chica que estaba a mi derecha llamó mi atención. Era una blusa negra con motivos florales de colores intensos, esas prendas me gustan, así que me quedé embobado viéndola. Cuando comenzamos a avanzar y miré al frente ¡Pum! Tres personas que no hace mucho estuvieron en mi vida. Me sorprendió verlas, así que hice un alto. Dos de ellas iban charlando y se abrieron a mi paso. Sí, pasaron en medio de mí. La otra siguió su camino. Entre la sorpresa de encontrarlas y el no saber qué hacer, hice nada. Pero la escena me dejó aturdido. ¿Habrían estado ahí desde que llegué a la orilla de la banqueta? ¿Me habrían visto? ¿No saludarme fue un acto consciente o simplemente pasaron de largo porque no me vieron? No lo sé.

Claro, como todos, o casi todos, me gusta ser el centro del universo. Así que fue imposible no pensar que me habían visto y que hicieron como si no. Que la expresión de malestar e incomodidad de la tercera persona fue justo por mi presencia. Y el trayecto a mi destino la pasé entre sacado de onda y triste. ¿Es eso lo que he sembrado en la vida? ¿Indiferencias e incomodidades? Claro que traje el tema por muchos días. Claro que estuve triste. No esperaba que se detuvieran a preguntar cómo me iba en la vida, pero caray, ¿ni un saludo pasajero? ¿Nomás por educación?

Uno tiene certeza de quienes serán los perjudicados o beneficiados por las decisiones que se toman. Pero yo no medí la cantidad de personas que se sentirían afectadas por mis decisiones. Afectadas al grado de mejor hacer como que no existo, cómo si fuera un desconocido más. Porque no verme, cuando iba de frente, lo creo de una persona; pero de tres, no.

Estuve triste y sacado de onda unos días. Pero concluyo que el beneficio es mío, hay gente con la que uno se equivoca y es mejor saberlo que tenerlas siempre ahí.

De ti sólo conozco…

De ti sólo conozco el canto de la tormenta,
el silencio que puebla el vacío tras el relámpago,
el vestigio de ese acorde falaz al que llamamos trueno.

Eres el violeta que llega con la primavera de las jacarandas,
soy la lluvia que se condensa en el verano de tu piel,
las palabras que caen en el otoño de estos ojos mudos.

Somos la pared del tornado que contiene la fuga del viento,
el susurro de quienes claman por la idea descompuesta del futuro,
el grito cuyo silencio es el tiempo que toma llegar al fondo de la nada.

Mis amigos. Dorix

Conocí a Dorix en esa época de hacer radio. Me caía mal. La veía moverse con altanería entre los escritorios y andar de arriba para abajo como si la vida se le fuera en ello. Nunca me acerqué. Ella tampoco. Luego, Alex Caldera nos presentó tras una actividad con María Rojo, en aquella campaña de Andrés Manuel López Obrador de 2006. Recuerdo que me molestó mucho su actitud de no haberme visto nunca jamás en la vida.

 

Compartíamos un círculo social, así que no pasaría mucho tiempo para que nos volviéramos a encontrar. Una reunión en casa del gran Ricardo Chávez. Una que recuerdo con mucho cariño. Ahí estábamos las dos generaciones, la de académicos consolidados y la de aquellos que picábamos piedra, la de gente que era un referente en el mundillo periodístico y cultural y quienes andábamos en la brega. Dorix se la pasó esa noche atendiéndonos. Preparó cositas para picar, repartió bebidas, bueno, nos demostró que es una excelente anfitriona. Pero me seguía cayendo mal.

Cuando las oportunidades de crecimiento profesional se agotaron en Aguascalientes hicimos un último intento al crear el Colegio de Estudios Sociales. Otra vez Dorix aparecía en mi vida. Y ya, di mi brazo a torcer.

 

No sé cuándo, en qué momento, cómo desarrollamos la complicidad y el cariño que nos tenemos… eeeeh…. Bueno, que yo le tengo… Sólo me recuerdo interactuando con ella en Facebook, luego en Twitter y un día quedamos para un café y luego otro para unas cervezas yo y algo sin alcohol ella. Y ahora es de esas personas imprescindibles en mi vida.

 

Dorix es una mujer brillante, una vez le dije que ella sería la primera vaca sagrada de nuestra generación, era una broma en el momento, pero luego me cayó el 20 y aunque ella dirá que no, pronto, sino es que ya lo es, será un referente en el mundo académico de la comunicación y las ciencias sociales. No es de extrañar, Dorix es la persona más trabajadora, capaz y disciplinada que conozco. Siempre he admirado su capacidad para hacer tantas cosas a la vez, y además bien hechas. Porque habemos quienes hacemos un montón de cosas a la vez pero siempre es un desmadre. Si muchos de nosotros tuviéramos una pizca de la capacidad de Dorix, creánme, la academia mexicana sería otra. A Dorix la admiro mucho, pero la quiero más. De ser insoportable se convirtió en un referente en mi vida. En alguien a quien acudo para burlarme de mí mismo, no porque tenga, que la tiene, una naturaleza buleadora, sino porque ella es capaz de reírse de sí misma a carcajadas y para eso hay que tener alguien de quien aprender.

La Historia

La Historia es futuro.

El presente muerto que se forjó

en los hornos del verano

en el que las hojas caídas marcaron las huellas

en un rastro de lágrimas calcáreas

sobre las que fluyen,

en el espeso follaje de nuestras dudas,

el ámbar que encerrará los secretos gestados

en las nebulosas que anidan entre nuestros dedos.

La Historia es presente.

El futuro que hemos construido

con las nigromancias del polen

cuyo resultado es un saltimbanqui de nubes

y la prestidigitación de la luna

cuando cambia del espejo opaco

a la catarata de luz con la que inunda el sueño

en esta pista, en este escenario, en esta ágora

donde adivinamos nada, pero creemos hacerlo.

La Historia es pasado.

El ayer que explicamos a través de la expansión

del tiempo que un día nos precedió

y con el que intentamos dar cuenta

de la alteración del espacio

que estructura nuestras vidas

y la muerte que seguimos entendiendo como la ausencia

en este mundo, en estos ojos

donde, sin embargo, sembramos alas para vernos volar.

Tú y yo

Tú, que escogiste la corona de espinas
que resguarda el tiburón en su mandíbula,
has de lamer la última gota del semen
que emerge de las llagas que el sol
dejó en el fango que modeló mi rostro.

Un molde cuyo pretérito fue conjugado en futuro
para decirle al agua que en el presente cae en tus manos:
¡Condénsate en mis ojos para forjar la niebla!
¡Alivia mis facciones antes de que el viento
extinga la mueca que precede al dolor!

Tú, que escribiste de la savia
en la cual fermentamos la soledad,
has de calzar los zuecos forjados de la sal
con la que dimos significado al fuego
a través de los colores en los que otros vieron magia.

Hechizos que inundan el vacío
con la nada que contiene las gotas de luz
que determinan el infinito.
Los cuerpos de lo invisible. La nulidad,
esa en la que, sin embargo, existo.

Relación de Nostalgia

Desde hace un par de años, o más, dejé de ir a Facebook con la asiduidad de antes. Me convertí en un tuitero de tiempo completo y ahora voy de vez en cuando. Ayer fui y me llamó la atención algo que había publicado una amiga y colega, un comentario me saltó, me fui a stalkear a la autora y me encontré con esto, no pongo la fuente para respetar su privacidad:

“Nunca he sido partidaria de las relaciones de ‘nostalgia’. Es decir, aquellas relaciones que actualmente no aportan nada pero se mantienen por nostalgia, por los recuerdos, por lo que fueron alguna vez, por la esperanza de revivir el pasado, o peor: por la esperanza de que ‘ahora sí’  ocurra lo que jamás sucedió.
No vale la pena invertir energía en vínculos que ya no nos nutren. Eso equivale a dar un paso atrás. Y eso, ¡ni para agarrar impulso!”

Aunque sabía qué había motivado un conjunto de decisiones, no tengo la claridad para ponerlo así, en las palabras que ella lo puso.

Hace dieciocho meses tomé la decisión de terminar una relación, la más larga en mi vida, porque era una relación de nostalgia. No había amor, pero nos manteníamos juntos porque era la apuesta que habíamos hecho. En la que no había compañerismo, pero seguíamos ahí porque ¿cómo íbamos a separarnos? ¿Qué diríamos? ¿Qué haríamos? Teníamos una relación tan tensa que los episodios de violencia eran recurrentes, de un lado y de otro. Pero no los veíamos. ¿Cómo podíamos romper esa dinámica? Claro, no nos violentamos físicamente, pero ya sabemos que la violencia no sólo es física. Nos manteníamos atados a los recuerdos de los momentos buenos que tuvimos y la esperanza de que un día regresaran. En cada discusión e intento de acuerdo sobresalía, de alguna manera u otra, “estos no éramos nosotros”. Y al final no honramos ninguno de los acuerdos. Ambos nos sentíamos ofendidos. Muy ofendidos por el otro.

Cuento mi parte porque es la que tengo clara: Me mantuve ahí porque guardaba la esperanza de que un día las cosas cambiaran. Que la relación que habíamos desarrollado a lo largo de los años, esa relación desgastada, llena de reclamos y culpas se tornara en algo bonito, de abrazos, besos, buenas caras, ganas de vivir, convivir y compartir. Pero no sucedió. No puedo hablar por ella, pero estoy casi seguro que estaba en las mismas condiciones. Buscábamos lo mismo y tensábamos la cuerda, era un círculo vicioso del que sólo había una salida posible.

De esa relación hay un crío, un hermoso niño que me llama papá, papi a veces. Antes de anunciar que se terminaba, llegué a la conclusión de que no quería que Camilo creciera en la dinámica de una relación que le enseñaría que la mutua indiferencia, el reclamo y la frustración son el amor. Que, por tanto, era necesario irme. En mi ausencia cotidiana, su mamá y yo seríamos capaces de enseñarle a amar y a creer en el amor como algo que le llenara el pecho de plenitud.

Me fui por él, pero sobre todo me fui por mí y por todo aquello que no encontraba más. Me cansé de guardar la esperanza de que un día las cosas serían distintas y aunque me sostuve con las uñas fue imposible mantenerme. Las relaciones de nostalgia frustran a las dos partes, porque aunque ya no se sea pareja la cosa opera para ambos. Y en la dinámica de violencia que se genera se es víctima y victimario. La esperanza no muere, a la esperanza hay que matarla para avanzar.