Mi Machismo

Hace varias semanas recibí el nombramiento de miembro del Comité de Equidad y Género de la División de Ciencias Sociales y Humanidades de la Universidad de Guanajuato, Campus León, mi lugar de trabajo. Asumí que dicho nombramiento era, de alguna manera, un reconocimiento al conjunto de cuestionamientos que he hecho sobre la forma como los hombres actuamos con respecto a las mujeres. Preguntas a las que yo mismo he dado respuesta y que conforman ese catálogo de acciones de lo que me permito y no me permito hacer en mi trato con ellas. No sé si sea feminista, pero sé y reconozco que en la vida diaria son violentadas y que los hombres tenemos muchos privilegios. Creo y promuevo que deben tener las mismas oportunidades que nosotros y que esa equidad sólo generará una sociedad más competitiva y, por tanto, mejor. En mi carácter de integrante de ese cuerpo colegiado fui invitado a una mesa redonda en la que se discutiría sobre la violencia contra las mujeres y el feminicidio. No negaré que la organización de dicha mesa brilló por su ausencia, pero no me detendré en detalles. Pensé mucho sobre qué hablar en aras de no repetir lo que mis compañeros dirían (aunque nunca supe de qué hablarían), pedí ayuda y consejos y, finalmente, decidí hablar sobre dos casos que, desde mi punto de vista, exhibían cómo las mujeres eran violentadas tanto por la sociedad, como por las instituciones del Estado, casos que habían estado en las redes sociales, el de @Plaqueta y el de #LosPorkys.

Mi idea fue presentar los casos, las reacciones y luego poner sobre la mesa lo que, desde mi punto de vista, era también importante: El doble juego que existe en las redes sociales sobre la violencia contra las mujeres y cómo este puede ser condenado por un lado y normalizado por el otro, eran mis cartas para la discusión. No soy especialista en el tema de género, ni en feminismos. Trabajo derechos de propiedad en el siglo XIX. Así que estoy muy lejos de manejar el argot feminista y sus recovecos de lo políticamente correcto, pero yo no fui a defender una causa feminista, fui a presentar un pedazo de realidad y a decir: esto lo tenemos que discutir, porque vivimos una sociedad en la que, por la razón que sea, las redes sociales tienen cierta importancia. Es decir, hice lo que, como académico, se esperaba de mí.

Como todos, tengo una forma de ser, una manera de vivir y entender la vida. Podría decir que soy sarcástico por naturaleza. Así que un poco porque así soy, y otro poco porque también era una estrategia discursiva que tenía como finalidad exagerar los dichos contra @Plaqueta y la justificación del juez para exonerar al porky, hice sarcasmos sobre la normalización de la violencia, insisto, la finalidad era hacerlos notar, desnudar el absurdo, la estupidez, mostrar lo visceral de esas reacciones, para luego decir: ahora que tenemos claro el asunto, tenemos que discutir de qué va todo esto. Y puse sobre la mesa mis consideraciones y mis preguntas.

A lo largo de mi exposición fui interrumpido dos veces. “Eso es violencia”, dijo una chica. Y no recuerdo qué dijo la segunda. En ambos casos solicité que no se me interrumpiera y se me dejara continuar. Y en una ocasión aclaré, con un dejo de sarcasmo, que se trataba de un sarcasmo, dije “HashtagEsSarcasmo”, para que no quedara duda de mi intención.

Cuando llegó el momento del diálogo fui señalado por violentar a las mujeres por “hacer chistes” de los casos, lo que me provocó una sensación de sorpresa inaudita. Se me dijo que no había presentado nada que no se supiera ya, en lo que estoy de acuerdo, mi intención no era descubrir el hilo negro, sólo poner sobre la mesa un tema para discutir y analizar. Se me dijo, no recuerdo las palabras exactas, que no era especialista en el tema, por tanto no debería estar ahí. Entre otras cosas que podría resumir en un “eres un falso, ignorante y macho” (esto, por supuesto, es mi interpretación).

Más tarde, me enteré que había una imagen en las redes sociales con un conjunto de apreciaciones sobre mi trabajo que utilizaba una de mis frases, una muletilla, una oración que utilizo desde hace lustros “… qué demonios…” Dije: “vamos a ver qué demonios sale”. Misma frase que utilizo en cualquier foro, sea en aquellos que son sobre mi tema de investigación, sea en mis participaciones en radio, sea en twitter, sea en mis conversaciones casuales, siempre utilizo esa expresión, ¿por qué? Porque me gusta, nada más por eso. Pero comenzar con esa expresión determinó la manera como algunas de las personas que estaban ahí me escucharon:

YO

El texto es elocuente. El ponente, que soy yo, nunca dijo: “Soy experto en el tema Hashtag sarcasmo”. Dije, en efecto, “vamos a ver qué demonios sale” pues porque así hablo, perdón por no hablar con la seriedad con la que hablan otros académicos, neta perdón. Y jamás, jamás me burlé de una denuncia de acoso. Tendría que ser muy tonto, el más estúpido entre los estúpidos para ir a un foro sobre violencia contra las mujeres y burlarme de una denuncia de acoso; cuando, además, pienso, actúo y demando que no sean acosadas de ninguna manera. ¿Normalicé la violencia? No, definitivamente no. Ya expliqué qué buscaba hacer.

De esta experiencia me llevo varias lecciones:

  1. Hay hombres y mujeres que tienen la piel muy delgadita. Se debe cuidar cada palabra dicha porque todo lo que se exprese, como es el caso, puede ser utilizado en contra. Sin importar la finalidad, lo que importa es no tocar ninguna de sus fibras sensibles.
  2. Me quedo con la sensación de que todo lo relacionado con feminismos está politizado, y eso obliga a lo políticamente correcto. Lo que anula, ipso facto, la posibilidad de diálogo y construcción de mejores esquemas de entendimiento, el cuestionamiento no es posible.
  3. Hay una manera incorrecta de entender el trabajo académico. Pareciera que éste significa, invariablemente: especialización. Y no, resulta que los académicos somos curiosos por naturaleza y, al menos a mí, me aburren las especializaciones (aunque mi trabajo se haya concentrado en los últimos años en un tema). Ser académicos es, desde mi punto de vista, ser capaces de sintetizar la realidad y hacerle cuestionamientos que obligarán a ofrecer explicaciones. Si los científicos sociales dejamos de observar la realidad, dejamos de ser científicos, así de simple.
  4. Hay una lucha feminista ideologizada, ve en todo una forma de violencia. No estamos, algunos de nosotros, ciegos ante los privilegios que tenemos. Pero hacerlos conscientes es un trabajo diario, hay que observarse, cuestionarse, criticarse y tomar decisiones. A veces no sale bien. Pero ese feminismo cree que no nos cuestionamos, que no luchamos contra nosotros mismos y lo social y culturamente construido, que debemos ser crucificados y quemados lentamente en una hoguera pública. Soy de los que cree que la lucha es de ambos lados, no están solas. De este lado también hay aliados. Tengan para nosotros un poquito de paciencia, si para ustedes no es fácil, ¿por qué creen que para nosotros sí?

En algún punto de aquella mañana me cuestioné si el conjunto de cosas que he concluido sobre mi manera de proceder con las mujeres valía la pena. He procurado no ser un macho en mi vida adulta (aquí mismo he hablado de mis cuestionamientos desde la adolescencia), pero me acusaron de ser un macho. Quizá me equivoqué en la manera de exponer. Pero me sentí acusado, señalado, juzgado, minusvalorado como un hombre que lucha por una sociedad que respete a las mujeres, no como alguien que eligió mal su estrategia discursiva. No como alguien que hizo mal un análisis de la realidad, porque a eso ni le pusieron atención. Me sentí el enemigo. Y eso me parece peligroso. Porque, insisto, ¿para qué tanto cuestionamiento a mí mismo y a la cultura machista? Desincentiva saber que, a pesar de todo, siempre seremos vistos y acusados de machos.

No me construyo como una víctima, asumo las responsabilidades de lo dicho. Sólo creo que se han generado terrenos muy peligrosos, espacios que abonan poco a la promoción de una sociedad que efectivamente respete a las mujeres, son lugares donde el diálogo no es posible. Y sin eso, poco podremos hacer, será, a la larga, una lucha sin sentido. Mientras hay quienes nos ven siempre como un enemigo y gastan sus energías en hacérnoslo saber de la manera que sea, en ese mismo instante mujeres en el país y el mundo siguen sufriendo violencia, muriendo por el hecho de ser mujeres, siendo minusvaloradas. ¿Vale la pena esa postura? ¿Qué frutos ha rendido?

Y, sin embargo, aprendo todos los días de mujeres y feministas que sin pensarnos el enemigo, saben que cada día es una lucha por ser mejores hombres en una sociedad que busca la equidad, nos muestran cosas que, muchas veces, dejamos de ver. Porque no somos mujeres, porque hay cosas culturalmente normalizadas. Pero no estamos ciegos, ni sordos, ni creemos que debemos mantener nuestros privilegios. Esas mujeres promueven un feminismo que etiquetaré como incluyente.

Por supuesto no muevo un ápice mi forma de entenderme en sociedad y demandar, porque sigo creyendo que en el aula hacemos ciudadanía, que los chicos cuestionen su masculinidad. #HeDicho

Día Mundial de la Poesía

Antes de que Acción Poética estuviera de moda, en Aguascalientes tuvieron la maravillosa idea de escribir fragmentos de poemas en las paredes. No recuerdo si eran de los poemarios que habían ganado el Premio Salvador Gallardo Dávalos; o el Premio Nacional de Poesía: o algún premio; o ninguno. El chiste es que había poesía en las paredes. Recuerdo que me parecía fantástico y me encantaba leer lo que me encontraba. De todos esos, hubo un fragmento que luego se convirtió en uno de mis poemas preferidos, al que vuelvo inevitablemente:

 

La historia del mundo es la historia de tus ojos,
porque los vaticinios de la lluvia
se fundaron en tus lágrimas,
sobre los días verdes de la selva.

Y el mármol ha buscado en vano tu figura.

Si tus muslos precisos no me hubieran
mostrado la verdad,
sería inútil vigilar la transcursión del tiempo.

Pero, en fin, en ti da vueltas
y vueltas la palabra sin hallarte.

 

(Benjamín Valdivia)

La única primavera…

La única primavera posible
se instaló en otoño,
cuando las hojas se negaron a caer
en aquella noche incierta
de estrellas que brillaban en el viento.

¿Recuerdas?

Pasearon también algunas nubes
en el ventanal largo y ancho,
descubrimos en ellas puentes,
engullían el vacío, reptaban por el abismo.

Luego vino el miedo.
Llegó con el silencio
y la potencia ensordecedora
de la caricia inminente
de dos pares de ojos que no se mirarán.
Reconocerse ya sólo tendrá lugar
en la multiplicidad de sonidos y símbolos.
Todos los misterios del instante mudo
que precede al beso.

¿Aún conservas en la memoria
los chasquidos del universo?
¿Aquel reclamo que demandaba el espacio
para su expansión?
Pero lo contuvimos, quedó reducido a nuestros labios.
Descubrimos que eso es el beso. Nuestros besos:
La parálisis del universo y el chisporroteo rebelde de su contención.

Sembraré…

Sembraré en este polvo tu nombre
porque al pronunciarte
mis labios de niebla
cubrieron con el blanco perfume del fuego
las colinas tibias donde se batieron tus alas.
Germinará, tal vez, un punto de fuga
donde se asienten tus miradas,
un abismo transparente
delimitado por el canto de los gorriones
en aquella noche cuando termina la penumbra.
Habrá un vestigio de luz,
un lugar donde alojar flores en tus ojos
y de tus manos pequeñas escurrirá su néctar
en el escampado de esta ciudad de agua
que emerge sobre los escombros de la fe.

Los azares del nalgoncito. (1)

28 kilos en cada lado de la barra. No levantarla y hacer la rutina que le habían pedido era un temor que se había disipado hace mucho tiempo. Juan era, a sus 17 años, un tipo musculoso y fuerte, el diámetro de su cuello era superior al de un barril de cerveza y su espalda era más ancha que la loza que cargó el pípila para quemar la puerta de la alhóndiga de Granaditas, darle a México libertad y, a Guanajuato, un escenario para conciertos al aire libre. Sus brazos eran casi del mismo tamaño que cuatro brazos de sujetos normales. Y el tamaño de sus pechos alcanzaba para rellenar una copa doble D y aún sobraba algo de carne que le podía dar un toque a la moda imperio si alguna vez necesitaba usar un vestido escotado. Tenía el costillar intacto y, a pesar de eso, una cintura diminuta, lo que sólo era el punto de inicio de cosas chiquitas conforme se avanzaba al suelo; pero recuerden que más cerca del piso mayor es el frío.

En cualquiera de los casos, y pequeñeces aparte, al verlo infundía la misma impresión que tuvo Canito, en esa época en la que quería ser torero, cuando un toro que fue a ver a los corrales se levantó frente a él y se dio cuenta que, cornamenta aparte, el animal le sacaba 48 centímetros de altura, lo que calculó con exactitud en su casa cuando repasaba los detalles de ese encuentro y que dieron la estocada a su sueño de plazas y trajes de luces, y vino y mujeres y viajes y orejas. En fin, Juan sabía que su aspecto generaba cierto respeto entre la comunidad, era el toro que mandó a la calle a Canito. Así que se esforzaba por mantenerlo y no hablar.

Es en serio, procuraba no hablar. La historia cliché de un niño que se comió un silbato y se le atoró en la garganta no fue un invento de alguien sin qué hacer, recogía la historia de Juan. Pero, claro, esas historias populares están lejos de la verdad científica: Una colonoscopía realizada a temprana edad, pero la suficiente para saberse invadido por placeres ajenos al placer mismo, desveló que había un nervio pegado al intestino, una retícula sensorial que no debía estar ahí y que, por alguna extraña razón,  a lo que los médicos sólo dijeron “debe ser hereditario de parte del padre” porque nadie sabía quién era el padre, ni la razón por la que eso estaba ahí, tensaba dos cuerdas vocales que determinaban ese tono de mezzosoprano desafinado o castrati con testículos, pero bien apachurrados.

Ese cuerpo lo había hecho entre las mujeres, el centro de comentarios. Lo veían y comenzaban a cuchichear. Él no sabía si para bien o para mal. Pero se sabía visto. Y eso generó en él una seguridad tal que fue capaz de acercarse a María Guadalupe y hablarle. Ella, por supuesto, tenía la voz más gruesa, lo que hizo válido cuando le pidió que fuera su novio. Lupita no era ajena al escarceo propio de las andaduras de galán de cualquier hombre. Así que le pareció buena idea andar con un sujeto que, a pesar de su voz, podría brindarle protección. Lo demás se arreglaba de manera sencilla: Ella tendría la primera, la última y también la palabra de en medio.

Juan era feliz con María Guadalupe, tan feliz que se sentía más musculoso de lo que estaba, a veces pensaba que podía tratarse de la ropa una talla más chica que compraba, pero siempre terminaba convenciéndose de que era él quien estaba creciendo. Era un hombre realizado. Fuerte, amado, respetado. Nada de eso le engrosaba la voz, pero ya no importaba.

Rebelión

Te escribo para exorcizar
de mis manos las ganas de verte
y me arranco los ojos para comprobar
que es cierto, a ciegas no se siente.
Aunque en esos cuencos sembraste
la claridad del silencio,
alimento prístino
para las palabras que se agolpan en mis dedos,
todas se pronuncian igual:
Te deseo.
En el punto exacto donde se deshoja una orilla
entendí que hay un orden preconcebido:
Aún no puedo nombrarte.
Escribiré entonces Amor.
Esa es mi resistencia,
la forma de rebelarme
a la imposibilidad de ponerte nombre:
Amor.

He vuelto la mirada…

He vuelto la mirada al espacio,
sé que ahí se gesta el fango
con el cual moldearnos.

Hay un dios sin aspiraciones omniscientes,
ni omnipresencia, ni hegemonía.
Observa el relámpago cuyo origen
está en el pestañeo de la supernova.

Entiende que el aire quedará preñado
con polvo de estrellas
y no habrá ya plegarias por construir
en templos etéreos.

Olerá a sándalo,
porque en la hora tibia de las crías
sólo restará la salmodia olvidada,
un eco lejano de la deidad desahuciada.